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OPINIÓN ¡IREMEDIABLEMENTE INSTALADOS EN EL CAPITALISMO? Fernando Alvarez Uría/El Pais Las teorías acerca de la imposibilidad del socialismo no son nuevas,
son tan viejas como las propias propuestas societarias. Apenas los primeros
socialistas, en respuesta a la economía política liberal,
comenzaron a esbozar la nueva ciencia social, cuando filántropos,
utilitaristas, moralistas, clérigos, en fin, la flor y nata de
la buena sociedad, levantaron su voz contra las utopías irrealizables,
hasta el punto de identificar a los socialistas con los forjadores de
quimeras. Fueron, sin embargo, los economistas austriacos, los seguidores
de la escuela iniciada por Carl Menger, La retórica dogmática de los austriacos no ha cesado de
prodigarse hasta convertirse en nuestros días en una especie de
cantinela que suena en los recintos universitarios, en los consejos de
administración de las multinacionales, en la prensa económica
y hasta en los programas de la telebasura. Friedrich Hayek, en Camino
de servidumbre, intentó proporcionar una lógica a la vieja
racionalidad económica liberal que ha llegado a monopolizar la
ciencia económica para terminar por convertirla en una economía
sin sociedad. Al grito de "fuera del mercado no hay salvación",
tecnócratas con la piel curtida por el humo de cien batallas entabladas
contra los intereses del Karl Polanyi ha mostrado con claridad que el credo liberal reposa en una ficción que genera sin cesar sufrimientos y desarraigo, la ficción que hace de la tierra, de los seres humanos y del dinero meras mercancías susceptibles de ser compradas y vendidas libremente en el mercado. En contrapartida, la fuerza de la socialdemocracia radica precisamente en que frente a esa mercantilización de lo que no debería ser cosificado ha hecho de un derecho de humanidad la fuerza y la palanca para pensar y construir una sociedad alternativa. La socialdemocracia propone una sociedad no capitalista, pues frente al egoísmo y el afán de lucro cabe una sociedad articulada por el valor de la solidaridad entre todos los seres humanos. ¿Cómo desarrollar a escala nacional e internacional proyectos
políticos centrados en la solidaridad que permitan imponer reglas
a un mercado capitalista cada vez más globalizado? Las respuestas
no pueden ser simples, pues la realidad es compleja, pero todo parece
indicar que la alternativa pasa por la necesidad de construir un Estado
social a la vez activo y estratégico. El Estado social, tal y como
se materializó en Europa tras la derrota del nacionalsocialismo
y del fascismo, es una conquista histórica, fruto de un compromiso
entre las clases, que permitió disciplinar al capitalismo mediante
el desarrollo de la propiedad social. El modelo, en sus diferentes versiones,
no es únicamente fruto de la socialdemocracia y dista de ser perfecto,
pero enterrarlo prematuramente, como acaba de proponer Ignacio Sotelo
en su artículo Una nueva política social (EL PAÍS,
30-06-2004), parece una irresponsabilidad. Formo parte del enorme grupo
de admiradores de la inteligencia y solidez de los análisis sociopolíticos
del profesor Sotelo. Comparto su opinión de que ni la historia
se repite ni el mundo progresa hacia el bien y la justicia, pero, si no
queremos convertirnos en las marionetas de una dinámica histórica
incontrolada, tenemos que intentar construir un mundo posible que avance
hacia el bien y la justicia a partir de la reflexión y de la conciencia
colectiva, una conciencia inevitablemente marcada por esfuerzos y luchas
de millones de conciencias socialdemócratas. Sotelo asegura sin
proporcionar pruebas, como lo hacía recientemente aunque con menor
rotundidad Pierre Rossanvallon en una entrevista en este mismo diario,
que la socialdemocracia ha sido arrojada al basurero de la historia, que
el modelo socialdemócrata se ha hundido de forma irreversible y
que estamos instalados ya irremediablemente en el capitalismo. Oficia
no sólo de enterrador del socialismo y del Estado social, asume
también el ingrato papel de ser el heraldo de las malas noticias
relativas a Europa: no La historia, como la vida, da muchas vueltas y no está definitivamente cerrada. Incluso en la actualidad, cuando las fuerzas del capital tratan de imponer su hegemonía, no todo está escrito, pues la voluntad de la mayoría de los gobiernos, presionados por la mayoría de los ciudadanos, puede conducir hacia un cambio social progresista. Es posible, por ejemplo, controlar los flujos especulativos del capital, abolir los paraísos fiscales, frenar la voracidad bancaria -con sus comisiones leoninas toleradas por el Banco de España-, atribuir nuevos derechos a los trabajadores para combatir el trabajo precario, avanzar hacia formas de fiscalidad más equitativas, en fin, favorecer una redistribución más justa de la riqueza que ponga freno a la creciente desigualdad entre las naciones y entre las regiones, entre los pobres y los ricos. Frente a lo que opina Ignacio Sotelo, el Estado social no se ha derrumbado
en Europa. La escuela pública, la sanidad pública, las viviendas
sociales, los museos y las bibliotecas, los ferrocarriles, la televisión
pública, los bienes históricos y culturales, la seguridad
social y la legislación social continúan siendo, en una
buena parte de los países europeos, un patrimonio colectivo destinado
a proteger a la sociedad de la voracidad y la insolidaridad del mercado
autorregulado. Sin duda las instituciones públicas son manifiestamente
mejorables. Sin duda perviven la ineficacia, el despilfarro y la desidia
en el uso de los bienes de propiedad social. Es preciso dignificar la
función pública, convertirla en un auténtico servicio
público. Es necesario agilizar el funcionamiento de las instituciones
y democratizarlas en nombre de un derecho universal a la ciudadanía.
La lógica mercantil del sálvese el que pueda nos retrotrae
hoy a situaciones propias del capitalismo manchesteriano. De todo ello,
sin embargo, no se deduce la sacralización del presente como si
realmente estuviésemos instalados irremediablemente en el más
allá de la historia. Otro mundo es posible, y en buena medida sólo
haremos posible un mundo mejor si realmente creemos en la posibilidad
de cambiar todo lo que hay de intolerablemente injusto en nuestra presente
realidad social. Para favorecer el cambio no es suficiente un gobierno,
se precisa el concurso de los movimientos sociales, así como el
compromiso responsable de los ciudadanos y de las instituciones internacionales.
Pero para cambiar se necesita también la legitimidad que proporcionan
a la vez la razón y la historia al proyecto socialdemócrata.
Los seres humanos no son cosas, la tierra, es decir, los bosques, los
ríos, la fauna y la flora, no son mercancías de usar y tirar.
La solidaridad, basada en la razón, en la ilustración y
en siglos de luchas protagonizadas por héroes sin nombre avanzará
frente a la religión del egoísmo para evitar que el fundamentalismo Fernando Álvarez-Uría es profesor titular de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. |