|
|
![]() |
||||||||||||||||||||||
|
OPINIÓN
AFGANISTÁN,IRAK Carlos Taibo/Globalizate El del intervencionismo autocalificado de humanitario fue acaso el mayor mito de cuantos impregnaron las relaciones planetarias en el último decenio del siglo XX. Su huella ha llegado hasta nosotros de la mano de un buen puñado de conflictos en los que es fácil apreciar cómo, bajo su manto o el de otros parejos, se esconden intereses a menudo inconfesables y comportamientos poco edificantes. Si admitimos que uno de esos conflictos es, en una de las posibles lecturas, Afganistán, la mejor medida de la eficacia ocultatoria del mito que nos ocupa la proporciona un hecho: quienes, cargados de razón, airearon en las calles sus protestas ante la agresión militar norteamericana en Irak han guardado las más de las veces silencio cuando lo que se trataba era de encarar otra agresión, la registrada en Afganistán, que a buen seguro merecía, sin embargo, una contestación similar. Y es que las semejanzas en el derrotero contemporáneo de los contenciosos
afgano e iraquí son muchas. Tantas que obligan a recelar de la
cordura de quienes estiman que lo que es bueno para el primero no se antoja
de recibo, en cambio, para el segundo. Adelantemos al respecto que en
los dos escenarios invocados se verificó tiempo atrás una
franca, y lamentable, colaboración de EEUU con gobernantes o movimientos
de manifiesta impresentabilidad. El decenio de 1980 se saldó con
un abierto respaldo norteamericano a los muyajidín afganos, claramente
impregnados de ínfulas fundamentalistas, y con un apoyo más
discreto, pero firme, a un Saddam Hussein que, en Irak, se presentaba
entonces a los ojos de Washington como un saludable baluarte frente a
la revolución islámica iraní. Al igual que en tantos
otros lugares, en los dos que ahora nos interesan EEUU apuntaló
el poder de quienes luego pasó a considerar acérrimos enemigos.
Tampoco son muchas las diferencias que atañen a los objetivos que Estados Unidos ha hecho suyos en los dos escenarios objeto de nuestra atención, y ello tanto más cuanto que es lícito aseverar que las intervenciones asestadas obedecen a una trama común. Bajo la cobertura, en buena medida retórica, del designio de hacer frente a la amenaza de lo que ha dado en llamarse terrorismo internacional, Washington ha puesto manos a la obra de reconfigurar, por un lado, el panorama estratégico del Oriente Próximo, convirtiendo la región en una atalaya desde la que supervisar los movimientos de eventuales competidores, y de controlar, por el otro, materias primas energéticas --con los conductos correspondientes-- tan jugosas como los existentes en el golfo Pérsico y en la cuenca del Caspio. Hora es ésta de subrayar que si la relación entre ese doble objetivo y la agresión en Irak es evidente, también lo es en el caso de Afganistán, un país que no sólo ocupa una posición geoestratégica privilegiada en lo relativo a la satisfacción del primer designio: su parte más occidental exhibe, por añadidura, una singular importancia en lo que se refiere al traslado, hacia los puertos del Índico, de la riqueza energética que atesora el Asia central. Agreguemos, en fin, que en Afganistán como en Irak el balance de las intervenciones estadounidenses es, hoy por hoy, desolador. Como quiera que la resistencia sigue siendo notable en los dos escenarios y que sobran los motivos para recelar de la condición democrática y del buen hacer de gobiernos locales cuya sumisión a los intereses norteamericanos salta a la vista, hay que concluir que Washington no se está saliendo con la suya ni en lo que hace a la normalización de las situaciones respectivas ni en lo que respecta al presunto objetivo de cancelar una inquietante amenaza terrorista. Los analistas sensatos, y algunos de los insensatos, convienen en reconocer sin mayor quebranto que las estrategias avaladas por EEUU en Afganistán y en Irak no han hecho sino acrecentar el caldo de cultivo de respuestas desbocadas. Seamos rotundos en la conclusión: las semejanzas entre lo que ocurre en estas horas en Afganistán y lo que se revela en Irak son suficientemente llamativas como para sortear el criterio que a algunos, al parecer, sirve de guía. Si es cierto que el hecho de que Naciones Unidas niegue su beneplácito a una intervención militar parece motivo suficiente para rechazar ésta, el apoyo de la máxima organización internacional a una operación armada en modo alguno invita a acatar la decisión correspondiente. Las razones que han aconsejado sacar adelante sendas agresiones norteamericanas son tan mezquinas y reprobables que hora es de que quienes hace año y medio llenaron las calles en protesta contra la guerra que se barruntaba en Irak recuperen el pulso de la contestación para plantar cara a la misma miseria que despunta, desde octubre de 2001, en Afganistán. |