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OPINIÓN
LA GLOBALIZACIÓN Y AMÉRICA LATINA Carlos Monsiváis/El Unviersal La caída del Muro de Berlín y el desplome nada simbólico del socialismo real le conceden casi de inmediato todo el espacio a la globalización, y a la idea y las realidades de "un solo mundo". ¿Qué detiene ya al mercado libre y a su acompañante, la democracia? No hay obstáculos para la conversión del mundo en una sola unidad económica y cultural, al derrumbarse las barreras políticas del comercio y al vigorizarse las exigencias de los gobiernos estadounidenses. En lo cultural y lo económico, la tecnología avasalla: la revolución informática, los teléfonos celulares, la red internet, aceleran la emergencia de una conciencia global. Y ante el optimismo, sólo unos cuantos se atreven a pronosticar alternativas terribles. En la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro en 1992, se insiste en el "calentamiento global" y los cambios climáticos a causa de las emisiones de carbón. A consecuencia de esto, en 1997, un total de 77 naciones firman el Protocolo de Kyoto, que busca limitar las emisiones del efecto invernadero. Estados Unidos se niega a hacerlo, y en su campaña presidencial de 2000, George W. Bush desdeña con su habitual prepotencia las medidas contra el calentamiento global... "Les voy a decir una cosa. No haré ni permitiré que Estados Unidos lleve la carga de la limpieza del aire, como quisiera, el Protocolo de Kyoto. India y China se exceptuaron de ese protocolo. Pienso que deberíamos ser más equitativos". En One World, the Ethics of Globalization (NB Books, 2002), Peter Singer transcribe un señalamiento de un informe de 2001 de las Naciones Unidas (antes del 11 de septiembre): si las naciones ricas no ayudan a los pobres del mundo, sus propios intereses los conducirán a ello: En la villa global, la pobreza de unos pronto se convierte en nuestro propio problema, por la falta de mercados para los productos, la inmigración ilegal, la contaminación, las enfermedades contagiosas, la inseguridad, el fanatismo, el terrorismo. A este respecto, el movimiento altermundista de Seattle es un principio de rectificación, como lo es también, subraya Singer, la declaración del EZLN: la Organización Mundial de Comercio (OMS) es "el mayor enemigo de la humanidad". Según los ecologistas, el régimen de inversión financiera y comercio auspiciado por la OMC "ha desatado las fuerzas económicas y globales que, por sistema, devastan los bosques y recompensan las prácticas destructivas que aceleran la degradación de la flora". Según Vandana Shiva en su libro Biopiratería: El saqueo de la naturaleza y el conocimiento , las reglas de la OMC son "en lo primordial reglas del robo, mal cubiertas por la aritmética y los procedimientos legaloides". Si no se detiene este proceso, argumenta, "se irá a la esclavitud", algo ya presente en una medida significativa en el sistema de las maquiladoras. Ante este panorama, resulta por lo menos patética la actitud de los fundamentalistas del neoliberalismo como el ex presidente de México, Ernesto Zedillo, que con su proverbial falta de matices divide en dos grupos a los que protestan contra la OMC: aquellos quizás bien intencionados en su preocupación por el ambiente y su intención de ayudar a los más pobres, pero cuya ingenuidad los arrastra al emocionalismo, y aquellos que, asegura Zedillo, bajo el pretexto cínico de defender los derechos humanos y el ambiente, sólo buscan proteger sus trabajos muy bien pagados en industrias ineficientes por el proteccionismo que eleva los costos del consumo doméstico y condena a los trabajadores de países subdesarrollados a la mayor pobreza. Es curioso que diga esto Zedillo, que programó, impuso y alabó el robo financiero del Fobaproa entre otras de sus hazañas, y dejó un país con muchos más pobres de los que había recibido. Ya se ha visto cómo, al eliminarse el proteccionismo en México (no en EU) los trabajadores persisten en su pobreza extrema. ¿Pero qué hay antes de la globalización, a qué reemplaza? Lo común es señalar a los nacionalismos y su glorificación de lo improductivo a cuenta del elogio de las virtudes nacionales. Esto es típicamente falso. Un examen minucioso de los nacionalismos en América Latina muestra lo obvio: en lo fundamental han sido elaboraciones míticas y legendarias de la defensa contra el Imperio, que por lo inconsistente de sus entusiasmos (no de su proceso de acumulación de fuerzas y descubrimientos), terminan por legitimar sus limitaciones, la mayor de ellas su poder de exclusión: los nacionalismos en América Latina no han tomado en cuenta a las mujeres, los indígenas, las minorías legítimas (los protestantes, los gays , los de otras creencias o ninguna). Por esa "deficiencia de origen", este nacionalismo ha perdido su filo militante, confinándose cada vez más en los comportamientos rituales, en los entusiasmos deportivos y gastronómicos, en las tradiciones que resisten a la modernización salvaje, se niegan a la rendición incondicional al Imperio. Ya no existe el nacionalismo indignado en torno al antiyanquismo, al ser el gringo no estrictamente el otro, sino el otro que es el vecino con frecuencia racista del primo, la hermana, o el tío del sedentario o de la sedentaria que no cruzaron la frontera. El peso de las migraciones sucesivas modifica de modo extraordinario la cultura y la economía de, muy notoriamente, México, Ecuador, Guatemala, El Salvador, República Dominicana (con una fuerte presencia en la política), y la idea de EU se transforma, sin desvanecerse en lo mínimo las características del racismo y el abuso laboral y sin amenguar el saqueo económico (con ecocidios adjuntos) de los países latinoamericanos. El nacionalismo tradicional desemboca en rituales de autocompasión, y en la jactancia que oscila entre el orgullo y el desamparo. A partir del 11 de septiembre, se desborda el nacionalismo estadounidense y los latinoamericanos están al tanto: nunca han dispuesto ni dispondrán de la obsesión chovinista que agita a todas horas la bandera nacional, se afirma en "la tierra de la gran promesa", y declara al siglo XX y al XXI, sucesivamente, "el siglo de Norteamérica". Dicho sea no tan de paso, uno de los elementos que se rescatan de las elecciones tan desdichadas del 2 de noviembre son esos millones de estadounidenses que no aprobaron el chovinismo, y con sus votos hicieron la crítica devastadora de la invasión de Irak, además de su apoyo a una conciencia ecológica y antirracista. Esos votantes comparten con la mayoría de los latinoamericanos su salto semántico. En donde se decía "imperialismo norteamericano", se dice hoy neoliberalismo, FMI, Banco Mundial, política belicista y ecocidio. Carlos Monsiváis es Escritor |