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OPINIÓN
LA GLOBALIZACIÓN DE LA CRÍTICA Santiago López Petit/Vanguardia La globalización de la crítica al sistema capitalista mundial es hoy un hecho extendido. El fenómeno de la antiglobalización ha surgido sobre las cenizas del último gran ciclo de luchas (mayo del 68 en Francia, 1970-77 en España...) en el que la clase trabajadora fue derrotada. Entonces empezó una larga noche. La realidad se hizo una con el capitalismo. Retornó todo lo que había sido anteriormente reprimido: los nacionalismos, por ejemplo. Pero también irrumpieron nuevos fenómenos: la desregularización de los mercados, la financiarización de la economía y las nuevas tecnologías. Se trataba de la tercera mundialización, a la que más tarde se denominaría globalización. Con ella cambió el lugar de la crítica: ¿cómo perforar la obviedad de la realidad cuando ya no existen sujetos históricos y estamos solos? De la realidad caían gruesas lágrimas y no podíamos hacer nada. La crítica anticapitalista tenía que asumir su radical ausencia de fundamentación: el poder tenía su verdad, nosotros la nuestra. Pero no había un nosotros, únicamente ganas de no estar tan solos. Y, sin embargo, la globalización, esta movilización total, no traía la felicidad prometida. Detrás del elogio de su movilismo se escondían la descomposición de las sociedades, la explosión de las diferencias sociales y, sobre todo, la extensión de una conflictividad productora de caos y de ingobernabilidad. No es de extrañar que desde el atentado del 11-S la globalización entrara en una nueva etapa. La globalización pasó a ser abiertamente dirigida por un Estado que concibe la política como guerra, que emplea la relación amigo-enemigo para reducir la complejidad del mundo. Y esto es difícilmente aplicable a una sociedad posmoderna. El Estado guerra se quiere apolítico pero politiza todo lo que toca. Así empezaron las manifestaciones masivas contra la invasión de Iraq en ciudades de medio mundo. No salían de la nada. En la noche ya se habían empezado a oír los primeros gritos. La gente intentaba sobrevivir y se autoorganizaba en los barrios deprimidos. Se inventaban formas de vivir para las que la precariedad no era amenaza sino posibilidad de libertad. Las cumbres que celebraban los jefes de Estado eran boicoteadas activamente por una multitud que surgía de las grietas de la realidad. La guerra de Iraq únicamente permitió la agregación de este nuevo protagonismo social. La crítica anticapitalista volvió a ser factible aunque asumiendo para siempre su desfundamentación. De pronto no era improcedente desear otro mundo, y desearlo con toda la fuerza. Hablar de un movimiento antiglobalización o, como ahora se dice, de alterglobalización no deja de ser una simplificación. De lo que se trata es más bien de una nueva politización cuya profundidad y extensión ignoramos, pero que incluso es capaz de desalojar a un partido político del gobierno, como ha sucedido en España. Esta nueva politización que atraviesa al hombre anónimo, que somos todos, no arranca tanto de una conciencia de la explotación como de una defensa del querer vivir. La izquierda clásica, por muchos colores que adopte, es incapaz de entenderla, ya que su única obsesión es reconducirla dentro del sistema de partidos. Ocurre, sin embargo, que el problema en la actualidad es otro. La pelota ha cambiado de tejado. Ahora no son los críticos de la globalización los que tienen que justificar su rechazo de este mundo, es a los críticos de los críticos a los que les toca justificar su defensa de este mundo. Y lo tienen difícil, no sólo porque la crítica se ha precisado hasta dejar de ser marginal, sino sobre todo porque la misma política democrática ha entrado en crisis. La política democrática no consiste en otra cosa que levantar y mantener un puente entre el ciudadano y el Estado. Pues bien, esta mediación institucional hoy se está viniendo abajo. SANTIAGO LÓPEZ PETIT, profesor de filosofía de la Universitat de Barcelona y miembro de la fundación Espai en Blanc |