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MUJERES
LA IGLESIA, LA FAMILIA Y LA MUJER Sere Hite/El Mundo Aprincipios de este mes, el Vaticano hizo público un polémico documento relativo a las mujeres. Sin duda, el Vaticano está sufriendo grandes presiones, como consecuencia de los avances sobre derechos humanos y posiblemente también del descontento de las mujeres en el seno de la Iglesia -incluyendo a las mujeres que desean ser sacerdotes, así como a sus propios feligreses, tanto hombres como mujeres, que ponen en tela de juicio las enseñanzas eclesiásticas sobre las mujeres-, unas presiones que lo han llevado a hacer público un documento semejante. O tal vez esas presiones se originan también en los recientes escándalos que han desacreditado a algunas iglesias de Estados Unidos y otros países y que están relacionados con los abusos a menores, poniendo en cuestión la ética de los «valores familiares» de los Padres de la Iglesia. Yo creo que la expresión «valores familiares» pertenece a todos, no solamente al Vaticano y a ciertos partidos políticos, y necesita claridad. A mí, como feminista desde hace largo tiempo, el documento del Vaticano contiene un malentendido acerca de la génesis de los recientes debates sobre el papel de las mujeres en la sociedad.Aunque el Vaticano y yo estamos de acuerdo acerca del valor que tiene para la sociedad el trabajo femenino de la maternidad, discrepamos cuando el documento del Vaticano afirma: «Los últimos años han visto surgir nuevos enfoques de las cuestiones referentes a las mujeres. Una primera tendencia es hacer gran hincapié en la situación de subordinación para dar lugar al antagonismo: las mujeres, para ser ellas mismas, tienen que convertirse en enemigas de los hombres. Ante el abuso de poder, la respuesta es para las mujeres tratar de conseguir poder. Este proceso conduce a una oposición entre hombres y mujeres, en la cual se insiste la identidad y el papel de éstas en desventaja de aquéllos, con el resultado de una perniciosa confusión en lo que atañe a la persona humana, confusión que tiene sus efectos más inmediatos y letales en la estructura de la familia». Este primer párrafo, que establece el tono del resto del documento y se inicia con una premisa falsa. Los derechos de las mujeres están mejorando la relación entre hombres y mujeres, no dándole un carácter «más antagonista». Si, efectivamente, la tendencia entre los grupos que defienden los derechos de las mujeres ha sido insistir en la situación de subordinación, la finalidad no fue «convertirse en enemigas de los hombres». La finalidad fue y es ayudar a las mujeres. La finalidad de dar a conocer injusticias cometidas en todo el mundo es la misma: para el movimiento por los derechos civiles de los negros, para el movimiento sudafricano o durante el régimen nazi en Alemania y el final reagrupamiento de los judíos después del Holocausto. El objetivo que tuvo el poner de manifiesto las injusticias que los negros han sufrido en Estados Unidos no fue «convertirlos en enemigos de los blancos»; por el contrario, según Martin Luther King y Nelson Mandela, fue sacar a la luz lo que los negros han tenido que soportar y proporcionarles una conciencia de sus pasado y de su valentía ante la adversidad, su belleza como pueblo. O pensemos en los judíos durante el régimen nazi en Alemania: los actuales programas de televisión que muestran el sufrimiento del pueblo judío en esa época de la historia de Alemania no están concebidos para convertir a los judíos en «enemigos de los alemanes», sino para mostrar que el pueblo judío sobrevivió y que el mundo ha cambiado, que la conciencia ha cambiado para que «no pueda volver a suceder nunca más». Es totalmente legítimo que los grupos de defensa de los derechos de las mujeres pongan al descubierto los sufrimientos de las mujeres en el anterior sistema de desigualdad, de los tiempos en los que las mujeres no tenían pasaporte propio ni derecho al voto; durante siglos, la Iglesia no consideró que tuvieran alma ni que fueran capaces de ascender plenamente al Paraíso.Y es totalmente legítimo que los actuales grupos defensores de los derechos de las mujeres pongan de manifiesto las presentes y continuadas injusticias contra las mujeres, tales como la indignante extensión de la violencia doméstica, incluso los asesinatos de mujeres por el «honor de los hombres». Además, por ejemplo, ni siquiera hoy pueden tener puestos iguales que los hombres en la jerarquía eclesiática. Hoy en día, las mujeres no están sino empezando a ocupar su lugar entre los dirigentes mundiales, a ser primeras ministras y miembros de gabinetes, presidentas de enormes corporaciones globales, etcétera; es preciso abordar esta situación. El hacerlo no significa que el resultado haya de ser «más división» entre mujeres y hombres. La división es artificial y fue creada por unos sistemas religiosos que declararon que los hombres tenían alma y las mujeres no. En la actualidad sólo estamos empezando a recuperarnos de ello. No se me ocurren muchos casos en los que quienes han participado en campañas contra abusos tales como la mutilación genital femenina (excisión e infibulación) o la violencia doméstica (en un 99% infligida por hombres contra mujeres) lo hayan hecho con la intención de originar una «lucha de clases», como parece insinuar el documento del Vaticano. Si hay un abismo o distancia (u «oposición») entre hombres y mujeres, los crea la realidad, no las personas que tratan de obtener justicia para las mujeres y para la sociedad.Los hombres se benefician con la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres; los hombres se benefician con unas relaciones mejores y con una manera más amplia de ver el mundo y de vivir en él. El documento de El Vaticano, al dar a entender que su sistema (la familia tradicional con sus jerarquías tradicionales) representa la armonía entre hombres y mujeres, mientras que el cambio y de la igualdad de las mujeres representan la división y el enfrentamiento entre hombres y mujeres, son interesados y falsos; en realidad sucede al contrario: las parejas son más felices y están más unidas cuando sus miembros son más iguales y hay entre ellos más comunicación, cuando los hombres no tienen que ver a las mujeres como «tan diferentes que no hay modo de entenderlas»; estas iniciativas son las propugnadas por los grupos humanitarios y de defensa de los «derechos de las mujeres». Decir otra cosa es inducir a error. Los estilos de vida tradicionales prescritos por la Iglesia para los matrimonios han conducido con harta frecuencia a las peleas y a la falta de diálogo, muchas veces seguidas por la separación, y han privado a la sociedad de buena parte de la energía y entusiasmo que las mujeres pueden aportar ya en el hogar, con su familia, como en el trabajo, una energía que ofrecen cuando gozan de plenos derechos en la sociedad para hacer su aportación en todos los aspectos. La mejor manera de proteger a la familia es democratizar su estructura, no conservar su jerarquía tradicional. Shere Hite es autora de diversos estudios sobre sexualidad, como Sexo y negocios, y preside la Asociación para el Avance de la Mujer. |