¿Soy un activista por preocuparme del futuro de mis nietos? Sospecho que sí

James Hansen, 05/09/2010

La acción concertada para abordar el cambio climático solo se producirá si la gente la exige por el bien de las generaciones futuras

"¿Cómo se convirtió en activista?". La pregunta me sorprendió. Nunca me había considerado un activista. Soy un científico taciturno y tranquilo del Medio Oeste estadounidense. Casi todos mis parientes son muy conservadores. Puedo imaginar la actitud de estos hacia los "activistas".

Iba a protestar por esa caracterización... pero había sido detenido más de una vez. Y había testificado en defensa de otros que habían infringido la ley. Seguramente, solo queríamos llamar la atención sobre los problemas de la continuada adicción al combustible fósil. Pero en democracia, ¿no había otras formas de hacerlo. ¿Cómo había sido atraído a convertirme en un "activista?"

Mis nietos tuvieron mucho que ver con ello. Sucedió paso a paso. Primero, en 2004, rompí un esfuerzo que me había impuesto hacía 15 años de mantenerme fuera de los medios de comunicación. Di una conferencia pública, apoyada en artículos científicos, mostrando la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero: y critiqué a la administración Bush por su falta de políticas apropiadas. Mis nietos vinieron a la charla como apoyo, para sostener bombillas de Navidad de un vatio que ayudaran a explicar lo que afecta al clima.

Catorce meses después, di otra conferencia pública: conectando los puntos del calentamiento global con sus implicaciones políticas y las críticas al sector de los combustibles fósiles por promover la desinformación. En esa ocasión mis nietos proporcionaron la base del razonamiento de una charla que probablemente atraería la ira de la administración. Expliqué que no quería que mis hijos volvieran la vista atrás y dijeran: “Papá entendía lo que estaba sucediendo, pero nunca no los aclaró".

Lo que era claro y evidente es que nuestro planeta está cerca de los puntos climáticos decisivos. El hielo se está fundiendo en el Ártico, en Groenlandia y en la Antártida, así como en los glaciares de montaña de todo el mundo. Muchas especies están en situación de estrés por el cambio climático y la destrucción medioambiental. La continuidad de las emisiones de los combustibles fósiles, si no se le pone fin, hará que los niveles del mar crezcan y que las especies se extingan más allá de nuestro control. El crecimiento del vapor de agua atmosférico ya está magnificando los extremos climáticos, incrementando las precipitaciones generales, causando mayores inundaciones y tormentas más fuertes.

La estabilización del clima requiere la restauración del equilibrio energético de nuestro planeta. La situación física es sencilla. El efecto del incremento del dióxido de carbono sobre el desequilibrio de la energía de la Tierra se confirma por las mediciones precisas del aumento del calor de los océanos. La principal implicación es definida por los geofísicos por el tamaño de las reservas de combustibles fósiles. Dicho con sencillez, hay un límite al volumen de dióxido de carbono que podemos enviar a la atmósfera. No podemos quemar todo el combustible fósil. Específicamente, debemos (1) retirar paulatinamente el uso del carbón, (2) dejar en el suelo las arenas alquitranadas y (3) no quemar hasta la última gota de petróleo.

Las acciones necesarias para que el mundo se pase a las energías limpias del futuro son factibles. Esas acciones podrían restaurar globalmente la limpieza del aire y el agua. Pero no se están produciendo.

Al principio pensé que era un problema de mala comunicación. Los científicos no debíamos haber aclarado las cosas lo suficiente a los líderes mundiales.

Por eso escribí cartas a los líderes nacionales y visité más de media docena de naciones, tal como describí en mi libro, Storms of My Grandchildren. Lo que encontré en cada caso fue una capa de pintura verde: una pretensión de preocuparse por el clima, pero políticas dictadas por los intereses especiales del combustible fósil.

La situación se resume con mi reciente viaje a Noruega. Esperaba que ese país, por su historial de medioambientalismo, sería capaz de abordar acciones reales para hacer frente al cambio climático, llamando la atención hacia la hipocresía de las palabras y las pseudoacciones de los otros países.

Así que escribí una carta al Primer Ministro sugiriéndole que Noruega, como propietaria mayoritaria de Statoil, debería intervenir en sus planes de desarrollar las arenas alquitranadas de Canadá. Recibí una respuesta cortés, en forma de carta, del viceministro del petróleo y la energía. La posición del Gobierno era que la inversión en arenas alquitranadas es "una decisión comercial", en la que el Gobierno no debería intervenir, y que una "una gran mayoría del parlamento noruego " acepta que esto constituye "una buena práctica empresarial". Concluía así la carta: "Sin embargo, puedo asegurarle que seguiremos manteniendo nuestra posición ofensiva contra los problemas del cambio climático tanto a nivel nacional como en el extranjero".

Un abuelo noruego, al leer la carta del viceministro, citó a San Agustín: "La hipocresía es el tributo que el vicio paga a la virtud".

La posición noruega es una asombrosa reafirmación de la situación global: incluso a los gobiernos más verdes les resulta en sumo inconveniente abordar la implicación de los hechos científicos.

Resulta evidente que la acción concertada sucederá solo si la gente, de alguna manera, se implica con fuerza. Una manera en la que los ciudadanos pueden ayudar es bloqueando las centrales de carbón, las arenas alquitranadas y la extracción de las últimas gotas de combustibles fósiles.

Sin embargo, la adicción al combustible fósil solo se puede resolver cuando reconozcamos una ley económica tan cierta como la ley de la gravedad: en tanto en cuanto los combustibles fósiles son la energía más barata que usarán. La solución, por tanto, requiere una subida de la cuota al petróleo, el gas y el carbón; una cuota al carbono que asumirían las compañías en la mina local o el puerto de entrada. Todos los fondos recogidos deberían distribuirse a toda la gente, permitiendo ajustes en el estilo de vida y estimulando innovaciones en las energías limpias. Conforme aumente esa recogida de fondos, los combustibles fósiles irán siendo reemplazados por la eficiencia y por una energía libre de carbono.

Una cuota al carbono es el único camino realista a la acción global. China e India no aceptarán topes, pero necesitan una cuota al carbono para estimular las energías fósiles y evitar la adicción a los combustibles fósiles.

En cambio, los gobiernos de hoy hablan de "Sistema de fijación de límites máximos e intercambio de los derechos de emisión", un sistema a la medida de los intereses del combustible fósil y los grandes bancos. Los límites máximos con intercambio de derechos invitan a la corrupción. Peor todavía, son ineficaces, al garantizar la continuación de la adicción a los combustibles fósiles hasta la última gota y la catástrofe medioambiental.

Como los poderes ejecutivo y legislativo de nuestros gobiernos hacen oídos sordos a la ciencia, el poder judicial puede proporcionar la mejor oportunidad de reinvertir la situación. Nuestros gobiernos tienen una responsabilidad fiduciaria de proteger los derechos de los jóvenes y las generaciones futuras.

Adelanto que estaré con los jóvenes y quienes les apoyan, ayudándoles a desarrollar su caso cuando demanden lo que se les debe y luchen por la naturaleza y su futuro. Imagino que eso me convierte en un activista.

• La versión completa de este ensayo, titulado "Activista", aparecerá en el libro The Day After Tomorrow; Images of Our Earth in Crisis, de J Henry Fair, que será publicado en noviembre por PowerHouse Books. El último libro del doctor James Hansen se llama Storms of my Grandchildren.

Traducido para Globalízate por Víctor García

Artículo original:

http://www.guardian.co.uk/environment/cif-green/2010/aug/26/james-hansen-climate-change

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