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MUJERES EL ESTIGMA DE LA PROSTITUCIÓN Cristina Garaizabal/Indymedia Jornadas Hetaira. Madrid. Mayo 2004 En Hetaira a lo largo de estos años nos hemos dado cuenta de que uno de los elementos más discriminatorios de la situación de las prostitutas es la estigmatización que sufren. De hecho, así lo reconocen la mayoría de trabajadoras del sexo y las teóricas del movimiento internacional de prostitutas. Por ejemplo, Gail Pheterson considera que esta estigmatización es lo que constituye el eje central de la definición misma del trabajo sexual. En el imaginario colectivo a las prostitutas se les atribuyen fundamentalmente 3 identidades que se superponen muchas veces. Por un lado, el estado con sus leyes les atribuye la identidad de delincuentes, intentando criminalizar la prostitución de calle como está haciendo el Ayuntamiento de Madrid estos últimos meses o como hicieron en Francia el año pasado. El interés fundamental de las políticas estatales es controlar la prostitución, estableciendo las condiciones en las que el ejercicio es legal y considerando delito la actividad que se ejerza fuera de los límites y los controles establecidos por el estado. Para el pensamiento de derechas, para los defensores de la moral y las buenas costumbres, la prostituta es básicamente una viciosa o una enferma, una mujer que ejerce esta actividad porque le gusta y disfruta con ella. Es la tentación de los hombres, la que les incita a sean infieles y la que les provoca para realizar actos sexuales prohibidos. Para este sector lo fundamental es que la actividad no se vea ya que lo que funciona es el rasero de la doble moral, se utiliza y se acepta la prostitución como un privilegio masculino, pero siempre que se mantenga oculta y se degrada y castiga a las mujeres que la ejercen. El doble rasero funciona tanto entre lo que se hace (ir de putas) y lo que se dice (condenar la prostitución) como en la diferente valoración que les merecen los clientes (unos machotes) o las putas (unas guarras). Para el pensamiento de izquierdas tradicional, influenciado por una determinada corriente feminista, la prostituta es básicamente una víctima, bien de las circunstancias (mujeres pobres, con traumas infantiles o víctimas de violencia sexual en una etapa temprana de la vida) bien de la maldad de algunos hombres (que las engañan y coaccionan para que ejerzan). Lo fundamental desde este pensamiento es salvarlas, quieran o no, de esta actividad denigrante que acaba denigrándolas y obnubilándoles la conciencia de manera que no son capaces de pensar qué es lo que más les conviene. En definitiva, en ninguno de los tres casos las prostitutas aparecen como sujeto de derechos. La puta es una categoría particular de mujer, que queda diferenciada y apartada del resto de mujeres. Es la mala mujer por excelencia. Objeto de deseo, sujeto de bajas pasiones, transgresora de los límites que rigen para el resto de mujeres, conscita de hecho, deseos, envidia y desprecio. La figura de la prostituta es una de las figuras más estigmatizadas del imaginario sexual, siendo este estigma uno de los pilares de la ideología patriarcal. El estigma de puta nos divide a las mujeres en “buenas” y “malas” mujeres. Una idea que, pese a todos los cambios que se han producido en los últimos tiempos en el terreno de la sexualidad nos sigue clasificando y catalogando en función de ésta. Uno de los objetivos principales de nuestro trabajo en Hetaira es luchar contra la estigmatización de las prostitutas pues nos parece fundamental cuestionar la etiqueta de “malas mujeres” ligada al comportamiento sexual. Entre otros elementos porque este estigma no afecta solo a las putas, sino que recae también sobre todas aquellas que se atreven a desafiar los mandatos sexuales que aún hoy siguen rigiendo para las mujeres. El estigma de puta es así un instrumento de control para que las mujeres nos atengamos a los estrechos límites que aún hoy, encorsetan la sexualidad femenina. Las putas representan todo aquello que una mujer "decente" no debe hacer y su criminalización sirve para escarmentar en cabeza ajena. Desde el punto de vista de la construcción de los géneros si la masculinidad se construye bajo la amenaza de la homosexualidad (homofobia, la feminidad y particularmente el prototipo de sexualidad femenina se construye bajo la amenaza de ser considerada una puta. En el imaginario de las mujeres la figura de la puta simboliza el límite que no podemos traspasar a riesgo de que nos consideren y, lo que es peor aún, nos autoconsideremos indignas. La ideología dominante opone el placer al peligro. Hay que ser "buenas" mujeres para sentirnos protegidas. Si eres "mala" es lógico que te agredan, que te pase cualquier cosa. Las buenas mujeres son sujeto de derecho y protección pero las malas, especialmente si se empañan en seguirlo siendo, quedan desprotegidas y pierden todo tipo de derechos. Socialmente se sigue esperando que las mujeres tengamos una sexualidad mucho menos explícita que la de los hombres. Si cumplimos con esto se nos considera “buenas”. Si, por el contrario, nos lo saltamos y exigimos el derecho a auto-determinarnos sexualmente, a hacer con nuestra sexualidad lo que nos plazca, sin someternos a lo que se espera de nosotras, somos “malas “. En el modelo sexual que se nos propone socialmente, las prostitutas aparecen y representan a las “otras”, las “malas mujeres” por excelencia, las que condensan en sí todo lo prohibido, todo lo que no pueden hacer las mujeres “buenas”. El proceso de estigmatización que sufren las trabajadoras sexuales hace que se las considere mujeres especialmente viciosas, perversas, trastornadas o enfermas. El estigma de puta lleva a que toda su vida sea valorada bajo este prisma: son consideradas “malas madres” (ya que en el imaginario colectivo madre y puta se autoexcluyen), no se respeta su vida amorosa (sus compañeros sentimentales son vistos como los “chulos”), se las considera siempre manipuladas por otros (considerando que todas están controladas por las mafias) y se les niega el derecho a salir de sus países y emigrar a otros que se supone les pueden ofrecer mejorar sus condiciones de existencia (todas las extranjeras son vistas como víctimas de las redes de tráfico)... en definitiva se les niega los más elementales derechos humanos. Además la mayoría de estudios que se realizan sobre prostitución también están imbuidos por estas ideas y refuerzan el imaginario colectivo intentando demostrar, desde una supuesta cientificidad, que todas las prostitutas han sido víctimas de abusos sexuales en la infancia, de malos tratos, o que tienen una vivencia patológica de la sexualidad. Estudios, todos ellos, que aunque puedan reflejar una parte de la realidad de estas mujeres, están hechos con muestras no significativas de trabajadoras sexuales y que no suelen tener como grupo control, con el que contrastar los datos, a la población femenina general. ¿Por qué este estigma? Desde mi punto de vista tiene que ver con el hecho de que estas mujeres, contrariamente a la norma patriarcal, se muestran “sexuales” y manifiestan la sexualidad abiertamente, incitando a los hombres de manera explícita, sin dobleces ni “recato” a comprar actos sexuales. Además, en el caso de las trabajadoras que captan a su clientela en la calle, su trabajo es visible, son transparentes. Violan dos reglas sagradas: tomar el espacio público para sus negocios y visibilizar su carácter sexual sacando la sexualidad del terreno de lo privado. El castigo por semejante atrevimiento es ser las que sufren el mayor desprecio y los ataques más feroces de la población bienpensante. Pero se diría que lo que se castiga en las prostitutas no es tanto el que mantengan relaciones sexuales sino que cobren por ello. Se supone que las mujeres están siempre dispuestas y “encantadas” cuando un hombre las reclama sexualmente, con lo cual, en el disfrute está la recompensa. No se tolera que la recompensa sea abiertamente económica, más cuando esta recompensa económica no es como favor por parte de los hombres (a diferencia de lo que ocurre con las amantes) sino algo fijado de antemano por la prostituta: “Si quieres una relación sexual, paga” (con lo que significa de poder para ellas al ser las que deciden el precio). Por ejemplo, Gail Pheterson en su libro El prisma de la prostitución plantea que el sexo con hombres como trabajo implica un recorte a la entrega ilimitada que se presupone que las mujeres deben tener hacia sus maridos. Los actos sexuales que se venden tienen una duración limitada y un precio lo que según Pheterson "hace que haya más reciprocidad en esta relación comercial que en el matrimonio aunque existe asimetría porque ellas necesitan dinero y ellos necesitan sexo". Coincido con ella en que no se tolera la relación comercial de la prostitución y la independencia económica que de ella se deriva para las trabajadoras sexuales. Quizás por ello, la imaginería popular tiende a verlas siempre explotadas por chulos o proxenetas, imagen bastante alejada de la situación real de la mayoría de prostitutas aunque algunas que puedan estarlo. La ideología patriarcal no tolera ni la transgresión de las normas sexuales para las mujeres ni su independencia económica. Los lugares que la puta ocupa en el imaginario colectivo así como el estigma que recae sobre todas las trabajadoras sexuales es interiorizado también por éstas. Esta interiorización es a su vez uno de los elementos que más dificultan el que las trabajadoras puedan erigirse en sujetos sociales y dotarse de autoridad para representar sus propios intereses. El estigma por comerciar con la sexualidad se entremezcla, en la práctica, con otros elementos de discriminación. El género es un elemento central: no se puede comparar el estigma que sufren las mujeres trabajadoras sexuales con el que sufren los hombres que también se dedican a lo mismo. Pero no es el único, la clase social, la etnia, el origen nacional o los lugares de ejercicio introducen un sesgo importante en la consideración social y en cómo afecta el estigma en la práctica. Por ejemplo, antes decía que en la actualidad las trabajadoras que captan su clientela en la calle son las más estigmatizadas. A través de la victimización, que presupone que todas ellas son esclavas sexuales se les niega su poder decisión y de autonomía. Pero además, las leyes contra la prostitución callejera se refuerzan, en nuestro país, de forma racista y xenófoba con el control de inmigrantes. El estigma de puta se utiliza así para justificar también la represión, la exclusión, el maltrato y la marginación de los inmigrantes. En los últimos años el imaginario de la vida pública y privada está aterrorizado ante la posibilidad de contraer una enfermedad sexual, en concreto el SIDA. En este contexto, al estigma de ser puta se une el estigma de ser un grupo de riesgo en la transmisión del VIH. Las trabajadoras del sexo se han convertido en el "chivo expiatorio" de las inquietudes y temores que se dan en una época en la que la sexualidad se está redefiniendo y las fronteras tradicionales que separan a unos grupos de otros (hombres/mujeres, mujeres buenas/malas, heterosexual/homosexuales…) empiezan a mostrarse porosas y corren el riesgo de desvanecerse. Las políticas institucionales y las exigencias de la patronal de los locales de alterne, Anela, de establecer controles sanitarios obligatorios para las prostitutas con el fin de garantizar la salud de los clientes, refuerzan el estigma y la frontera que las separa del resto de la población supuestamente sana. Así mismo, las discusiones dentro del feminismo entre las posiciones abolicionistas y las de defensa de los derechos como trabajadoras sexuales parecen ser eco de las discusiones de finales del siglo XIX sobre la pureza moral y las prostitución. Las propuestas abolicionistas refuerzan también el estigma al presentar a las prostitutas como mujeres sin voluntad para poder enfrentarse a los problemas y necesitadas de una protección estatal especial. Pero además, hoy sirven de cobertura ideológicas a las políticas institucionales de criminalizar a todas aquellas trabajadoras sexuales que no quieren pasar por las condiciones que las instituciones plantean sin contar con ellas. Las polémicas feministas La filosofía abolicionista, que hoy apoya iniciativas represivas como las que está llevando a cabo el Ayuntamiento de Madrid, analiza la prostitución de una forma excesivamente abstracta, desconsiderando los elementos concretos y subjetivos que mueven a las mujeres que realizan este trabajo. Así considera que la “prostitución reduce a las mujeres a la categoría de cuerpos, meros objetos animados para el uso y disfrute de los hombres”. Esta forma de acercarse a la realidad de las prostitutas impide ver las estrategias que éstas utilizan para sobrevivir en un mundo lleno de desigualdades. Un mundo de una dureza excesiva para determinados sectores de la población, especialmente si se trata de mujeres. El abolicionismo mantiene que “el estatus de prostituta desprovee a las mujeres prostituidas de sus características específicamente humanas” y se diría que ellas, aunque pretenden combatir esto, no consiguen romper con esta visión. Porqué no cabe preguntarse si afirmar que siempre y todas las mujeres son prostituídas por terceros ¿no es negar el libre albedrío, una de las características humanas por excelencia?. Que la prostitución sea, entre otras cosas, una institución patriarcal cuya función simbólica es el control de la sexualidad femenina no quiere decir que las prostitutas sean por ello las colaboradoras o las víctimas por excelencia del patriarcado. Los seres humanos no nos colocamos pasivamente ante las instituciones y los símbolos, por el contrario la libertad y nuestra capacidad de decisión nos permiten jugar con éstos, utilizarlos, rebelarnos... Así, aunque simbólicamente la prostitución sea un instrumento de control social ( como el matrimonio, la escuela y muchas otras instituciones en nuestra sociedad), en la práctica también es un medio de vida, que ofrece mayores niveles de ingresos que otras actividades laborales, y que sirve por lo tanto para alcanzar, en muchos casos, una mayor independencia económica y una libertad personal de la que no gozarían con otros trabajos. El abolicionismo impide ver las estrategias que utilizan las mujeres para vivir lo mejor posible en sociedades que las discriminan. Al deshumanizar a las prostitutas, analizando la categoría mujer en abstracto, y desconsiderando los factores subjetivos que mueven a estas mujeres, se hacen eco de la ideología patriarcal que concibe a las mujeres como apéndices de los deseos masculinos. Se les niega así a las prostitutas su condición de sujetos activos, que toman iniciativas y tienen poder de decisión aún en las situaciones más terribles y condicionadas. Aunque es evidente que este poder no es igual para todas. El feminismo es una fuerza social que actúa para que todas las mujeres tengan más poder decisión y autonomía. Para ello es importante partir de cuáles son los condicionamientos concretos que recortan las posibilidades de actuación de los diferentes sectores de mujeres. En el caso de las prostitutas, las condiciones de alegalidad en las que se desarrolla su trabajo y la consideración social estigmatizada que recae sobre ellas son elementos fundamentales que limitan su capacidad de decisión y actuación. Por ello es fundamental apostar por ampliar estos límites que condicionan sus decisiones reconociendo sus derechos en tanto que trabajadoras del sexo y desacralizando la sexualidad como forma de luchar contra el estigma. Es necesario que las prostitutas se construyan como sujetos sociales con capacidad para hacer oír su voz y negociar sus intereses particulares. Y para ello es fundamental que desde el feminismo no les neguemos su posición de sujetos sino que, por el contrario, apostemos por reforzar esta posición partiendo de su capacidad para decidir y remitiéndonos a ella para despertar su rebeldía. Parece evidente que los cambios que se pueden producir en la consideración social de las trabajadoras del sexo pasan en primer lugar por reivindicar que la prostitución es un trabajo que no puede definir a quien lo ejerce. Nombrar a las prostitutas trabajadoras del sexo es un elemento importante en este cambio. Ahora bien, también creo que esto no puede excluir el seguir llamándolas prostitutas. Primero porque ellas muchas veces se sienten identificadas con esta palabra, pero sobre todo porque creo que es un elemento de subversión apropiarse de las categorías abyectas, elaboradas con ánimo de degradar y redefinirlas, dándoles otro significado, en positivo como forma de neutralizar sus efectos. El germen de este significado está en el propio imaginario aunque ocupe una posición subalterna y limítrofe. En este sentido, reivindiquemonos putas si con ello expresamos que somos transgresoras de los límites patriarcales a la sexualidad femenina y malvadas porque tenemos en cuenta nuestros intereses y nuestros deseos sexuales. |