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SOCIEDAD

RESUMEN DEL INFORME ANUAL DEL WORLDWATCH INSTITUTE. LA SITUACIÓN DEL MUNDO 2004

FUHEM

Más consumistas y menos satisfechos. El consumismo voraz deteriora la calidad de vida de ricos y pobres, según La Situación del Mundo 2004
La vorágine consumista en la que nos vemos inmersos crece a un ritmo insostenible, con consecuencias muy graves para el medio ambiente y la salud de las personas, según el informe La Situación del Mundo 2004 del Worldwatch Institute de Estados Unidos, cuya edición en español corre a cargo de FUHEM, Fundación Hogar del Empleado, e Icaria Editorial.

Unos 1.700 millones de personas -más de la cuarta parte de la Humanidad- han entrado a formar parte de la "clase de los consumidores", adoptando el modelo de alimentación, transporte y forma de vida que fue exclusivo durante el siglo pasado de los países ricos de Europa, Norteamérica y Japón. Sólo en China, 240 millones de personas se han incorporado a las filas de los consumidores -cifra que superará muy pronto al número de consumidores estadounidenses.

El informe reconoce que el consumo en sí no es malo. De hecho, los casi 3.000 millones de personas que sobreviven en el mundo con unos ingresos de menos de 2 dólares al día tendrán que aumentar su consumo para poder cubrir sus necesidades básicas de alimentos, agua limpia y saneamiento. Además, la necesidad de atender la demanda creciente de los consumidores estimula la economía, creando empleo y atrayendo inversiones del extranjero. Sin embargo, la avidez de consumo sin precedentes que se registra en las sociedades más opulentas supone una amenaza al bienestar de la gente y del medio ambiente. El problema surge cuando el consumo, en lugar de ser un medio para mejorar la calidad de vida y generar mayores oportunidades, se convierte en un fin en sí mismo y pasa a ser el objetivo principal de una persona o la medida para evaluar el éxito de la política económica de los gobiernos.

"El incremento de los problemas de obesidad y de endeudamiento, la falta -ya crónica- de tiempo y la degradación ambiental son síntomas de que el consumo excesivo está deteriorando la calidad de vida de muchas personas. El reto al que nos enfrentamos actualmente consiste en movilizar a los gobiernos, a las empresas y a los ciudadanos para que reorienten sus prioridades hacia la búsqueda de fórmulas que aseguren una vida mejor para todos, en lugar de la acumulación desmedida de bienes", según señaló el presidente del Worldwatch Institute, Christopher Flavin, en la presentación de este Informe anual en Washington.

La Situación del Mundo 2004 indica que el gasto de los hogares se ha multiplicado por cuatro desde 1960, elevándose a más de 20 billones de dólares en el año 2000. El 12% de la población del mundo que vive en Norteamérica y en Europa Occidental es responsable del 60% de este consumo, mientras que la tercera parte de la población que vive en el Sur de Asia y en África subsahariana representa tan sólo el 3,2%. Un tercio de la población mundial no tiene satisfechas sus necesidades básicas, mientras que sólo EEUU "despilfarra" hasta 2 billones de dólares en subproductos no deseados como la contaminación del aire y el agua, la obesidad, la criminalidad o el tiempo perdido en atascos de tráfico.

No obstante, el consumo está aumentado rápidamente en el mundo en desarrollo a medida que la globalización introduce los productos y proporciona las tecnologías y el capital necesario para fabricarlos y distribuirlos. Casi la mitad de los consumidores mundiales vive en la actualidad en el mundo en desarrollo. Pero esta realidad responde a que en los países pobres se concentra el grueso de la población mundial. Si bien el consumidor medio chino o indio consume mucho menos que un norteamericano o que un europeo, entre China y la India cuentan actualmente con una clase consumidora mayor que la de toda Europa Occidental.

El consumo de bienes y servicios se asocia con un mejor nivel de vida y la satisfacción personal. Sin embargo, la gente de las sociedades más opulentas dispone de bienes y servicios más que suficientes para disfrutar de una vida agradable y que llegan a generar hábitos no saludables como el sedentarismo. Además, el incremento del consumo no ha ido parejo al de la felicidad. Aunque la percepción de la felicidad tiende a aumentar entre los pobres a medida que aumentan sus ingresos, algunos estudios demuestran que la relación entre felicidad y crecimiento de ingresos desaparece a partir de un nivel modesto de ingresos. Aproximadamente la tercera parte de la población estadounidense afirma considerarse "muy feliz", el mismo porcentaje que en 1957, cuando su riqueza era la mitad que ahora.

En Estados Unidos hay actualmente más vehículos privados que personas con permiso de conducir. El tamaño medio de los frigoríficos de los hogares estadounidenses se ha incrementado en un 10% entre 1972 y 2001 y también ha aumentado el número de estos aparatos por hogar. En 2002, las viviendas nuevas eran un 38% más grandes en 1975, a pesar de que ha descendido el número de personas que comparten un hogar. Como resultado de estos hábitos de consumo, Estados Unidos produce un 25% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono, con sólo el 4,5% de la población.

Una gran proporción del gasto de los consumidores se destina a bienes cuya utilidad para sobrevivir o para el propio confort son muy discutibles, pero que contribuyen a hacer la vida más agradable. Aquí se incluyen desde los caprichos diarios como dulces o refrescos, hasta la compra de joyas o coches de lujo. En 2002 se bebieron 185 millones de litros de bebidas carbonatadas. La media de fabricación diaria de refrescos es de 300.000 litros, para los que se emplean 1,5 millones de litros de agua potable, cantidad suficiente para cubrir las necesidades mínimas de 20.000 personas. En el año 2000, 1.100 millones de personas carecían del agua potable y segura necesaria, y dos de cada cinco personas no contaban con instalaciones adecuadas de saneamiento. Estas cifras ponen en evidencia la falacia de que las necesidades básicas de los pobres del mundo no pueden afrontarse por ser demasiado costosas. Con menos de lo que la gente rica se gasta al año en maquillaje, helados y comida p! ara mascotas, se podría proporcionar una alimentación adecuada, agua limpia y educación básica a los más pobres del mundo.

Las tecnologías contribuyen a brindar mayores niveles de comodidad, facilidades y distracción. En el año 2002, 1.120 millones de hogares poseían al menos un televisor. El número de ordenadores personales se ha multiplicado por cinco entre 1988 y 2002. Mientras que en 1992 sólo el 1% de la población mundial disponía de teléfono móvil, diez años después la cifra es del 18%, es decir, 1.140 millones de personas, que se suman a los 1.100 millones con línea telefónica convencional. Y unos 600 millones de usuarios se conectan a Internet. Estos productos tecnológicos, que hace unos años se consideraban un lujo, se perciben ahora como necesidades e incluso condicionan la vida social y la visión del mundo.

La televisión, frente a la cual pasamos una media de tres horas diarias en los países industrializados, la prensa, el cine o Internet se han convertido en grandes escaparates para los productos de consumo. La publicidad, que en 2002 movió 446.000 millones de dólares, moldea los gustos y estimula la demanda explotando las necesidades fisiológicas, psicológicas y sociales de los seres humanos. Los anuncios son cada vez más sofisticados y se dirigen a un público determinado.

Para mantener este nivel de vida, cada vez dedicamos más tiempo a nuestro trabajo y menos a las relaciones sociales. Dentro del mundo industrializado, los americanos se cuentan entre la gente más esclava de su trabajo, con un horario laboral que equivaldría a 9 semanas más de trabajo al año que la media europea. La falta de tiempo también genera el desinterés social, sobre todo en EEUU y Australia. En muchos países europeos, donde el asociacionismo sigue siendo elevado, ha descendido el nivel de implicación y de relaciones personales.

Según La Situación del Mundo 2004, el planeta no puede soportar este aumento del consumo en los países ricos y en muchos países en desarrollo. Los bosques, los humedales y otros espacios naturales se están reduciendo para dar paso a las personas y a sus viviendas, sus explotaciones agrarias, sus centros comerciales y sus fábricas. Un 90% de la materia prima para la fabricación de papel son todavía los bosques, aproximadamente la quinta parte de la extracción mundial de madera, a pesar de que existen fuentes alternativas. Se estima que un 75% de las pesquerías mundiales están siendo explotadas al límite o sobrepasando su límite sostenible. Y a pesar de que disponemos de tecnologías que han mejorado enormemente la eficiencia en el uso de carburantes, los coches y otros medios de transporte representan un 30% del consumo mundial de energía y un 95% del consumo mundial de petróleo.

La producción industrial conlleva un crecimiento desmedido de los residuos, la mayoría de los cuales no pueden ser aprovechados. La producción de oro para fabricar un solo anillo de compromiso genera unas 3 toneladas de residuos minerales tóxicos. El aumento del consumo provoca una cantidad de desechos inquietante. El ciudadano medio de un país de la OCDE genera 560 kilos de residuos municipales anuales. Cada año se manufacturan cinco billones de bolsas de plástico a partir de derivados del petróleo que no pueden ser recicladas. Muchas de ellas, junto a envases de plástico o PVC, acaban en vertederos, ríos y alcantarillas.

A pesar de los problemas asociados a las sociedades de consumo, la espiral del consumismo sigue aumentando entre quienes cuentan con mayor poder adquisitivo, mientras millones de personas permanecen sumidas en la pobreza. La insatisfacción creciente que generan estas tendencias actuales del consumo ha llevado a promotores del consumo, economistas, ecologistas y responsables políticos a desarrollar alternativas imaginativas para satisfacer las necesidades de las personas, al mismo tiempo que intentan paliar los costes ambientales y sociales del consumo de masas. Para que avance este interés por un nuevo papel del consumo, cualquier propuesta tendrá que plantearse cuatro preguntas claves:

§ ¿El creciente nivel de consumo le está proporcionando una mejora de su calidad de vida a la clase consumidora mundial?
§ ¿Puede la sociedad consumir de forma equilibrada, consiguiendo armonizar consumo y conservación del medio natural?
§ ¿Pueden las sociedades reorientar las opciones que se ofrecen a los consumidores para que su capacidad de elección sea real?
§ ¿Puede la sociedad conceder prioridad a satisfacer las necesidades básicas de toda la población?

Al responder a estas preguntas, La Situación del Mundo 2004 ofrece una relación de diversas alternativas que se plantean a gobiernos, empresas y consumidores para frenar y reorientar el consumo.

Reforma fiscal ecológica
Los gobiernos pueden contribuir a minimizar las repercusiones negativas del consumo sobre los recursos naturales reorientando los impuestos, para que los fabricantes tengan que pagar los daños ambientales e introduciendo normas de calidad y otros mecanismos reguladores.

Legislación sobre recogida de productos
Un creciente número de gobiernos de todo el mundo está adoptando la normativa que obliga a los fabricantes a "hacerse cargo" de los productos al final de su vida útil y que generalmente prohíbe su abandono en los vertederos y la incineración.

Durabilidad
Las industrias pueden co-responsabilizarse de su impacto ecológico buscando fórmulas para reducir la cantidad de materias primas necesarias para la fabricación de sus productos, y diseñando bienes de consumo más duraderos y de más fácil reparación y mejora.
Responsabilidad social
Los cambios en los hábitos de consumo requieren también millones de decisiones individuales, que sólo pueden partir de una sensibilización y un compromiso de bases sobre múltiples aspectos de la vida cotidiana, desde nuestra utilización de la energía y del agua, al consumo de alimentos.

"Sería insensato subestimar el reto que supone intentar frenar la avalancha del consumo", concluyó Flavin al término de la presentación del Informe en EEUU. "Pero a medida que aumentan los costes de nuestra desmedida avidez, cada vez es más evidente la necesidad de respuestas innovadoras. A la larga, la satisfacción de las necesidades humanas, la mejora de la salud y el mantenimiento de un mundo natural que pueda mantenernos exigirá que controlemos el consumo, en lugar de dejar que el consumo nos controle a nosotros".


Resumen del Apéndice: "EL METABOLISMO DE LA ECONOMÍA ESPAÑOLA", de Óscar Carpintero y José Manuel Naredo.

El capítulo exclusivo que publica la edición en español de La Situación del Mundo 2004, elaborado por Óscar Carpintero y José Manuel Naredo, ofrece información inédita hasta ahora sobre los flujos físicos que ha venido moviendo la economía española durante los últimos cincuenta años, con sus incidencias ambientales y territoriales. Temas éstos que el enfoque económico estándar ha venido ignorando al abordar la cuestión del desarrollo mediante los meros agregados monetarios de producción y renta propios de los Sistemas de Cuentas Nacionales. La naturaleza monetaria de estos agregados ha eclipsado el metabolismo económico subyacente, configurado por la interacción entre realidades físicas, sociales y monetarias. Este trabajo analiza este metabolismo apoyándose en la construcción de una batería de indicadores físicos (Requerimiento Total de Materiales, Huellas y Mochilas de deterioro ecológico, etc.) que, junto a los agregados monetarios de rigor, ofrecen una imagen más amplia ! de lo que ha sido el desarrollo económico español de las últimas décadas. Se ilumina así, tanto teórica como empíricamente, la cara oculta del desarrollo económico español, mostrando sus servidumbres ecológico-ambientales.

En lo que concierne a la evolución del metabolismo de la economía española, los datos ofrecidos muestran espectaculares incrementos en la utilización de todo tipo de recursos naturales (totales y per capita) desde la década de los sesenta que, lejos de moderarse, se han acentuado en los últimos años. Esta tendencia permite concluir que la pérdida de peso económico de la agricultura, la minería y la industria, unida a la creciente terciarización de la economía, no ha originado en nuestro país ninguna desmaterialización de la misma sino que, por el contrario, dio lugar a una rematerialización continuada. Tras observar que la demanda de materiales y energía de la economía española ha crecido y crece, en todas sus versiones, a tasas superiores a las del resto de los países ricos o industrializados, y se aproxima ya a los niveles más elevados de éstos, cabe concluir que la economía española ha mostrado en su desarrollo una escasa eficiencia ecológico-ambiental. Ni siquiera los re! querimientos de energía y materiales por unidad de renta observan disminuciones claras y continuadas. Indicadores tan relevantes como el requerimiento de energía primaria por unidad de renta no decaen, situándose en este caso ya por encima de la media de la Unión Europea, pese a que nuestro país goza de un clima más suave que la mayoría de los países de ese entorno. Todo lo cual, unido a la escasa sensibilidad de nuestros políticos hacia las cuestiones ecológico-ambientales, hizo que (al decir de un analista solvente citado en el trabajo) la economía española llevara camino "de convertirse en una auténtica 'peña ultrasur [anti]ecológica', y no sólo por su ubicación geográfica" en la Unión Europea.

A la luz de lo anterior se concluye que los mecanismos que han posibilitado el desarrollo de la economía española no son generalizables. No cabe pensar que todos los países del mundo mejoren a la vez su relación de intercambio o atraigan a los turistas del resto del mundo. Tampoco es posible que todos los países se conviertan a la vez en atractores del ahorro mundial, ni en emisores del "dinero financiero" que les permita erigirse en compradores netos del resto del mundo. La información aportada muestra que tampoco cabe generalizar el comportamiento físico de la economía española que aparece ligado a su privilegiada situación económica. En efecto, no es posible que todos los países apoyen su economía sobre un déficit físico y territorial a cubrir con cargo al resto del mundo, que se utiliza así como base de recursos y sumidero de residuos, como tampoco lo es que inclinen su metabolismo hacia el uso masivamente creciente de recursos no renovables. Todo lo cual señala que el d! esarrollo de la economía española no es un simple resultado de la producción, sino de la posición alcanzada, que le permite inclinar a su favor (y en perjuicio de otros) las reglas del juego económico-financiero que gobiernan en el mundo los actuales procesos de adquisición de riqueza.


LA SITUACIÓN DEL MUNDO 2004 DE UN VISTAZO


BOLSAS DE PLÁSTICO:
En 2002 se fabricaron entre 4 y 5 billones de bolsas de plástico en todo el mundo, de las que el 80% se consumieron en Norteamérica y Europa Occidental. La fabricación de bolsas de plástico consume entre un 20 y un 40% menos de energía y agua que la de bolsas de papel y genera menos contaminación atmosférica y residuos sólidos, aunque su descomposición es muy tardía. La venta de bolsas de plástico biodegradables supone el 1% y su precio es muy elevado. (Páginas 65-67).

NUEVAS TECNOLOGÍAS:
La fabricación de un microchip de 32 megabytes requiere al menos 72 gramos de productos químicos, 700 gramos de gases elementales, 32 kilogramos de agua y 1.200 gramos de combustibles fósiles. El funcionamiento del chip durante una vida media de tres horas diarias durante cuatro años supone un gasto de otros 440 gramos de combustibles fósiles. Para producir un chip de dos gramos se utilizan materiales secundarios que pesan 630 veces lo que el producto final. (Páginas 101-103).

HIGIENE PERSONAL
Los jabones con propiedades bactericidas, que se han hecho cada vez más populares para el aseo personal, son en realidad productos microbicidas que atacan a los virus además de a las bacterias. En contra de la idea generalizada, los jabones microbicidas no resultan más eficaces en la eliminación de los gérmenes que los normales y su uso debería reservarse para personas enfermas. (Páginas 139-141).

AGUA EMBOTELLADA
La popularidad del agua embotellada se ha disparado en todo el mundo. Los costes ambientales de la producción de agua embotellada son muy elevados. En el año 2002 se vendieron en EEUU 14.000 millones de botellas de agua, un 90% de la cuales fueron a parar a la basura, a pesar de que la mayoría estaban hechas de plástico PET reciclable. (Páginas 174-176).

POLLOS
Debido a la selección genética de las gallinas y los fármacos promotores del crecimiento, se ha triplicado la puesta de huevos al año de las gallinas ponedoras. Para que pongan más huevos, se las engaña, iluminando las naves durante las 24 horas del día. Los pollos de engorde viven hacinados en naves iluminadas artificialmente durante 23 horas al día, y consumen pienso especial que contiene antibióticos y promotores del crecimiento. Con frecuencia, estos pollos engordan tanto y tan rápidamente que no se sostienen en pie. A menudo están cojos, y muchos mueren de infarto porque su corazón no soporta un cuerpo tan desproporcionado. (Páginas 177-179).

CHOCOLATE
Antes de disfrutar del sabor del chocolate, el consumidor debería buscar una etiqueta que le garantice tres cuestiones: primero, el contenido del cacao. Cuanto mayor sea el porcentaje de cacao, mayor será su calidad y mayores los ingresos para el agricultor. A continuación, un sello de comercio justo que garantice una producción responsable desde el punto de vista social. Por último, buscar marcas que garanticen su cultivo ecológico. (Páginas 177-179).

LANGOSTINOS
La industria del langostino es una de las más lucrativas del mundo. En 2001, 4,2 millones de toneladas de langostinos inundaron los mercados mundiales. Entre EEUU y Japón importaron en 2002 langostinos por valor de 7.000 millones de dólares. Sin embargo, se trata también de una de las industrias más destructivas. Aproximadamente las tres cuartas partes del langostino que se vende en los mercados procede de poblaciones silvestres, capturadas por pesqueros que arrastran enormes redes cónicas, produciendo un barrido del fondo marino que destruye el hábitat y captura todo lo que encuentra a su paso. (Páginas 183-185).

REFRESCOS CON BURBUJAS
En el año 2002 se bebieron en el mundo 185.000 millones de litros de refrescos con burbujas. Para producir 300.000 litros, se necesitan hasta 1,5 millones de litros de agua, volumen que abastecería con agua potable a 20.000 personas. La mayoría de bebidas con burbujas se envasan en latas que casi siempre van a la basura. Sólo si en EEUU se hubiesen reciclado los 32.000 millones de latas de refrescos desechadas en 2002, se hubieran ahorrado 435.000 toneladas de aluminio, cantidad suficiente para reconstruir una vez y media la flota aérea comercial mundial. (Páginas 186-188).

TELÉFONOS MÓVILES
En 1992, menos del 1% de la población mundial tenía teléfono móvil. Diez años después, la cifra aumentó hasta el 18%, es decir, había 1.140 millones de personas con teléfono móvil. Como los móviles se usan mayoritariamente para hablar, este teléfono acerca las radiaciones que emite sobre la cabeza de la gente más que ningún otro aparato electrónico. Además, son productos con una vida muy corta, elaborados con materiales altamente tóxicos de difícil reciclaje. (Páginas 226-228).

PAPEL
Un 93% del papel que utilizamos hoy día procede de los árboles, y la producción de papel absorbe aproximadamente la quinta parte de la madera extraída en el mundo. El 55% de la materia prima proviene de la tala de árboles. Mientras que la fabricación de papel a partir de la madera es un largo proceso que consume gran cantidad de recursos, el reciclado de papel usado genera un 74% menos de contaminación atmosférica y un 35% menos de contaminación de las aguas. (Páginas 262-264).

ALGODÓN
El algodón es una de las fibras que más se vende en el mundo y cada año se cosechan más de 19 millones de toneladas. Sin embargo, su cultivo es un auténtico castigo ambiental. El volumen de pesticidas utilizados al año en los cultivos de algodón de todo el mundo asciende a unos 2.600 millones de dólares. La OMS ha calificado a algunos de estos pesticidas de "extremadamente peligrosos". Estos productos han ocasionado enfermedades e incluso la muerte entre los trabajadores del algodón. (Páginas 292-294).