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SOBERANÍA
ALIMENTARIA
Terror en el hipermercado
Entrevista a Esther Vivas en Ladinamo (14/02/10)
Trabaja en la cooperativa catalana Xarxa de Consum Solidari. También
tiene vínculos con la universidad: forma parte del Centro de Estudios
sobre Movimientos Sociales de la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona).
En los últimos años ha coordinado -junto con Xavier Montagut-
los libros ¿Adónde va el comercio justo? (2006), Supermercados,
no, gracias (2007) y Del campo al plato (2009). Hablamos con Vivas sobre
las consecuencias del actual modelo alimentario y los esfuerzos para cambiarlo.
Este año, aprovechando la crisis económica, los
supermercados decidieron potenciar sus marcas blancas, eliminando de las
estanterías productos de otras empresas. Esto ha creado tensiones
con las grandes corporaciones alimentarias. ¿Lo ves como una anécdota
o va a ir a más?
Quien acaba marcando la pauta es la gran superficie. Estos canales de
distribución monopolizan el comercio de alimentos. Hay un cuello
de botella donde unas pocas empresas acaban determinando los precios.
En el Estado español, por ejemplo, siete empresas controlan el
75% de la distribución de alimentos: cinco supermercados (Carrefour,
Mercadona, Eroski, Alcampo y El Corte Inglés) y dos centrales de
compra. Los campesinos cada vez cobran menos por aquello que producen.
El diferencial entre el precio de venta de un pequeño agricultor
y el precio final es, de media, un 400%.
Incluso la industria agroalimentaria, que tiene mayor potencial de negociación,
acaba supeditada a los criterios de estas grandes distribuidoras. En los
países nórdicos, por ejemplo Suecia, te encuentras con que
tres empresas controlan el 90% de la distribución de alimentos.
Es una tendencia creciente.
¿No hay forma de controlarlo usando las leyes antimonopolio
de Europa o Estados Unidos?
Al revés, hay una tendencia a las fusiones cada vez más
importante. El objetivo de las grandes cadenas comerciales es controlar
todos los tramos de la producción alimentaria, desde las semillas
a la distribución final, para así multiplicar sus beneficios.
No hay intentos de pararlo porque existen lazos fuertes entre las elites
políticas y económicas. Las instituciones, tanto estatales
como internacionales, actúan beneficiando a estas grandes empresas.
¿Me pones algun ejemplo?
Te pongo uno cercano: en Cataluña se recogieron mas de 100.000
firmas para la campaña Somos lo que sembramos, que quería
promover una Iniciativa Legislativa Popular que forzase una moratoria
en la producción de transgénicos. A pesar de este apoyo
popular, fue rechazada por el Parlamento Catalán. Ni siquiera permitieron
el debate. Los partidos políticos acaban cediendo a los intereses
de la industria agrícola y transgénica. En la Unión
Europea, la Política Agraria Común (PAC) beneficia básicamente
a la agroindustria, que recibe mayores subvenciones que el pequeño
campesinado. Prácticamente no hay ayudas para la producción
ecológica a pequeña escala.
El año pasado la subida de los precios de los alimentos
provocó revueltas en varios países del Sur. ¿Este
tipo de protestas tiene alguna repercusión en las políticas
globales?
Las instituciones internacionales, incluso la FAO, nos dicen que la solución
es producir más. Cuando miras los datos descubres que hoy tenemos
más comida que nunca en la historia. Desde los años sesenta
hasta la actualidad la producción de alimentos se ha triplicado,
mientras que la población mundial se ha duplicado. No es un problema
de producción, sino de acceso. Las poblaciones de los países
del Sur destinan entre un 60 y un 80% de sus ingresos a la compra de alimentos.
Las soluciones que se ofrecen a nivel internacional son una farsa. Lo
único que hacen es agudizar la situación de hambre en el
mundo. No se está avanzando ni proponiendo salidas reales. Quieren
que haya una nueva “revolución verde”, más agricultura
intensiva, más pesticidas, más transgénicos…
Resolver este problema pasa por un cambio de modelo, tanto del sistema
capitalista como del modelo de producción, distribución
y consumo.
En vuestros libros hacéis una crítica al funcionamiento
de organizaciones como Intermón-Oxfam. ¿Crees que simplemente
están equivocados o que son cómplices del sistema?
Cuando las grandes superficies venden productos de comercio justo o productos
con el sello ecológico lo único que hacen es lavar su imagen.
Es una búsqueda de nuevos nichos comerciales, una estrategia de
marketing empresarial. Vendiendo cuatro productos de “comercio justo”
pretenden justificar el grueso de sus prácticas injustas.
Por lo tanto, no estamos de acuerdo con algunas ONG que usan el argumento
de que “así llegamos a más gente”. El comercio
justo no es un paquete de café, sino una cadena de relaciones comerciales
que van desde el productor al consumidor final. Estos criterios de “justicia”
no se deben de aplicar sólo al campesino, que es lo que se hace
habitualmente, también conciernen a la actividad global de las
grandes superficies. Éstas intentan apropiarse del comercio justo
con estanterías con algunos productos, y al final, por vender unos
paquetes más de cafe, te acabas aliando con los responsables de
la crisis.
Evo Morales, presidente de Bolivia, dijo hace poco que “las
ONG usan a los pobres para vivir bien”. ¿Qué opinas
de esta frase?
El ámbito de las ONG es muy diverso. Hay algunas muy vinculadas
al mundo empresarial, por ejemplo con George Soros o Bill Gates. También
hay fundaciones y ONG que dicen tener una finalidad social, pero que acaban
cayendo en una práctica de marketing empresarial. La clave está
en que las ONG estén vinculadas a los movimientos sociales y que
sean un instrumento al servicio de las clases populares.
¿Cómo definirías vuestro enfoque?
Nosotros apoyamos el comercio justo Norte-Sur, intercambio clásico
de productos que no tenemos aquí como café o cacao. Pero
también promovemos el comercio Norte-Norte y Sur-Sur. Hay que primar
el consumo de alimentos de proximidad para evitar transportes innecesarios.
No tiene sentido comer verdura que viene de China si aquí se elabora
también. Defendemos un comercio vinculado a la soberanía
alimentaria, que implica que los medios de producción (el agua,
la tierra) deben pertenecer a los campesinos.
Hay que primar una agricultura local, de temporada, sostenible, orgánica,
que fomente un mundo rural vivo, un campesinado familiar, etcétera.
Todo esto es la antítesis de la agricultura industrial.
¿Cómo ves el panorama actual de cooperativas de
consumo?
Conozco, más que nada, el caso catalán. Aquí tenemos
un centenar de cooperativas y grupos de consumo ecológico, sobre
todo en el área metropolitana. A principios de los noventa éramos
muy pocos, y el crecimiento ha sido espectacular en los últimos
ocho años. Creo que lo mismo ha pasado en el resto del Estado español
y en Europa.
Por un lado responde a una mayor concienciación en el consumo,
sobre todo por las enfermedades vinculadas a la alimentación: desde
el síndrome de las vacas locas a la gripe aviar o la gripe porcina.
Aunque intenten silenciar estas cosas, ahí se ven las consecuencias
del modelo agroindustrial. La gripe porcina, por ejemplo, comenzó
por las condiciones de las granjas de la industria agroalimentaria de
cerdos en México.
Por otro lado, el auge de las cooperativas también tiene que ver
con el poso
fértil de relaciones sociales que dejaron los movimientos antiglobalización.
Llegó una generación nueva de militantes, aunque ahora vivimos
un momento más de reflujo.
¿Cuáles son hoy los retos de estas cooperativas?
Es importante que adopten una perspectiva política. Uno puede apuntarse
a un grupo de consumo y comer estupendamente, pero si no se prohíben
los transgénicos, acabaremos con toda la agricultura contaminada,
tanto la convencional como la orgánica. Estos problemas no se solucionan
con la práctica individual. Hay que buscar alianzas con quienes
luchan para acabar con la privatización de los servicios públicos,
con la especulación en el territorio y, en general, con el modelo
económico capitalista. El reto es buscar una movilización
social amplia.
He visto en la página web de Xarxa de Consum Solidari
que tenéis una sección de “materiales educativos”.
¿Estáis intentando que se expliquen estos conflictos en
el colegio?
Intentamos llegar al mayor número de gente, de los ámbitos
más diversos, a través de la educación formal, pero
también trabajamos con otros instrumentos, como por ejemplo que
se sirva comida orgánica en los comedores escolares, buscamos que
los padres se impliquen en estos procesos.
Los medios masivos suelen hacer cálculos de hasta donde
aguantará el planeta si no se frena el cambio climático.
¿Se sabe cuanto puede aguantar con este modelo alimentario?
La agricultura industrial y el modelo actual de alimentación son
algunos de los principales generadores de cambio climático y por
lo tanto ambos están estrechamente relacionados. El comercio de
alimentos es muy dependiente del petróleo con traslados de comida
de una punta a otra del planeta, así como el uso de pesticidas.
Muchas zonas forestales acaban convirtiéndose en pastos para el
ganado de la agroindustria. Cambiar el modelo agroganadero es necesario
para frenar el cambio climático.
Entrevista de Tariq Gómez-Kemp en Ladinamo, nº 32, invierno
2010.
http://esthervivas.wordpress.com
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