CULTURA

EL GRAN HERMANO DE BLAKE

Larry Elliot/The Guardian

La era de globalización ha producido una cultura pálida y desarraigada.

Log on, hook up, chill out. Bienvenidos a la tercera revolución industrial, donde Internet, el teléfono móvil y el ordenador personal son una fuerza revolucionaria en 2004 como la máquina de vapor en 1804 o el coche en 1904. El libro de reglas del siglo XX está siendo reescrito por los movimientos de capital de fracción de segundo gracias a las redes globales.

Así tanto la primera como la segunda revolución industrial fueron asociadas no solo con el cambio económico, sino con una transformación cultural, ¿En donde estamos nosotros? En 1804, Wordsworth daba los últimos toques al Preludio, un hito en un movimiento Romántico que estaba muy influenciado por la revolución francesa, y un siglo más tarde, en el año posterior al primer vuelo por los hermanos Wright, James Joyce abandonaba Irlanda en una odisea personal que conduciría al rehacer de la novela.

Si estamos en las convulsiones de una tercera revolución industrial, podríamos esperar signos de fermento cultural por todas partes. Pero la era de la web mundial aún tiene que producir figuras iconoclastas que estén a la altura de Beethoven o Proust, o es difícil de descubrirlos entre una ola gigante de sosería: “remakes” de Hollywood y secuelas, los reality shows, el cibersexo y la violencia que hace tiempo dejo de sobresaltar. Gran Hermano podría ser una manifestación exacta de cultura popular en el temprano siglo XXI, pero como acontecimiento cultural original es difícil de comparar con las Canciones de la Inocencia Blake o la Interpretación de los sueños de Freud.

Cuando Marlon Brando murió hace dos semanas, los críticos estuvieron muy de acuerdo: él era el mayor actor de pantalla de su generación, pero dejo de ser una fuerza artística sería hace décadas. La pompa de Brando comenzó con su primera película, los Hombres, en 1950, y se terminó con el Último Tango en París, en 1973, marcando la edad de la posguerra de oro que vio el florecimiento total de la segunda revolución industrial. Brando fue a donde los actores nunca habían estado antes. Llevó el modernismo al cine en la forma que Le Corbusier lo llevó a la arquitectura. Sabemos lo que le pasó a Brando después de 1973. Envejeció. Se hizo flácido. Se perdió en algún punto. Se quedó sin aire al mismo tiempo que el auge económico del tercer trimestre del siglo XX también perdió su soplo y creó el espacio para lo que el economista Joseph Schumpeter llamó un período de destrucción creativa.

Claramente, hubo mucha destrucción; la pregunta es si hubo tras mucha creatividad, y si no, por qué no. Quizás esto era solo in suceso accidental que en los períodos pasados de cambio económico y estructural coincidieron con movimientos revolucionarios en las artes. Quizás las viejas formas - la novela, la sinfonía etcétera - han sido empujadas tan lejos como se ha podido.

Asumamos, que la premisa es cierta y que hay una relación simbiótica entre el cambio cultural y económico. En aquel caso, hay varias teorías para explicar lo que podría estar pasando. El primero es que nosotros no vemos un renacimiento cultural porque realmente no atravesamos una revolución industrial que nos empareje con las del pasado. Robert Gordon, de la Northwestern University de Illinois, argumenta que " la nueva economía " no se corresponde en importancia al conjunto de las innovaciones que llegaron al final del siglo XIX y principios del siglo XX - la electricidad, el motor y el transporte aéreo, películas, radio y la fontanería de interior. Aquellos, Gordon dice, trajeron verdaderos cambios a las vidas de personas ordinarias - y la revolución tecnológica no. Si el cambio económico no ha sido profundo, quizás no deberíamos esperar que el cambio cultural sea profundo tampoco.

En ninguna parte hay muchas pruebas de los cambios progresivos que vinieron con las dos primeras revoluciones industriales - la disminución de absolutismo, la derecho a votar, el advenimiento de democracia de masas. Al grado que la globalización ha sido asociada con la transformación política, esto ha sido una concentración reaccionaria de poder en las manos de una élite rica. Nosotros no deberíamos estar sorprendidos, por lo tanto, que el triunfo de la multinacional haya producido una cultura pálida y desarraigada. Como Bob Dylan una vez dijo, el dinero no.

Larry Eliot es el editor económico de The guardian

Traducido por Mario Cuellar

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